EL HEROE.

Héroe se ha considerado siempre a un personaje de origen semidivino -hijo de un dios y un humano,  en  el  mundo  clásico-,  y  a  quien  el pueblo tributa culto, porque se le atribuyen hechos  extraordinarios,  milagrosos,   sobre  el  origen  de  una  raza,  la  fundación de una ciudad, una victoria fabulosa o hazañas nunca vistas, para restablecer un reino.
El  héroe surge como resultado de mezclar hechos históricos y mitos o leyendas simbólicas, que no es  fácil  deslindar.  El mito origina el rito y ambos dan origen a lo religioso. Siempre en  el  origen  de los pueblos ( in illo tempore, en aquellos días) hemos de encontrar a los dioses y a los profetas, a los santos y a los héroes o mártires.
Santiago  fue  señalado  como  héroe  o  Santo  Protector  de  España  por Beato de Liébana y por extensión de toda Europa.
Nadie  mejor  que  un  Apóstol  de  Jesús,  Santiago  el  Mayor  o  Boanerges,  que predicó la fe en España, para ejercer como Patrono y Protector.
Con  ello se crea la personificación del héroe montado a caballo  -máquina de guerra- con la cruz  y  la  espada  en  forma de rayo en la mano,  Santiago  Boanerges,  es  el  hijo  del trueno  o  sea  el   rayo,  símbolo  del   héroe batallador   para   ayudar   a    los    ejércitos cristianos   ante   un   invasor,   extranjero   y pagano.  Así  le  ven  los  soldados cristianos cuando    aparece    luchando    contra     los invasores  (en Camposagrado,  en la Batalla de   Clavijo,   en   Coimbra...)    y   así    se representa   en   las   imágenes    artísticas   y devocionales   que   venera  todo  el   pueblo cristiano.                                               Pasan  algunos  años hasta que se organiza la primera   gran   peregrinación   con   el    rey

Alfonso II,  el  año  829,  desde Oviedo, para bendecir la primera iglesia sobre la tumba de
Santiago.  Algunos  años  después, Sisnando de   Aleje,   que   fue  también   abad  en   el monasterio  de  Santo  Toribio   de   Liébana (heredando  la   doctrina   de   su   antecesor Beato),  y  obispo de Iria Flavia, consagra la segunda  iglesia   mandada  construir  por  su pariente,  Alfonso III  El  Magno el año 899, rodeados  por  una  ingente   multitud  de obispos,   abades,   magnates   y   gentes venidas  de  todo  el  reino.  Se inician las peregrinaciones  y  las  rutas jacobeas, por todos    los   caminos,    teniendo   como   fin venerar  las  reliquias  guardadas en la tumba del Santo Apóstol Santiago.