EL CARÁCTER MONACAL DE LA LIÉBANA

Cantabria, formada por varias tribus o gentilidades celtas, pasa por varios momentos de culturización: la romanización, después de una cruenta lucha de su conquista por Roma, ( año 29 al 19 a. de C. )  que se da por terminada en el siglo V; el dudoso misionerismo cristiano de San Millán de la Cogolla, en el siglo VI, procedente de La Rioja, donde tenía su monasterio; la actividad del obispo Toribio de Palencia en el siglo VII;  la invasión árabe de España en el año 711, en el que1a Cordillera Cantábrica se convierte en refugio para muchas gentes, en especial nobles y eclesiásticos, venidos de las zonas invadidas, según las crónicas medievales (entre esas gentes llegaron monjes hispano-visigodos, venidos del sur, huyendo de la persecución de los mahometanos y dando origen al período mozárabe, a partir del siglo VIII y favorecido por el espíritu de repoblación de los  reyes de Asturias). En este ambiente, se reorganiza la antigua Cantabria, formada por un conglomerado de

Monasterio de Tábara. Beato de Tábara, siglo X.

distintos pueblos, tribus y gentilidades, que cede su nombre por el de Asturia o Asturias de Santillana, dependiente de los reyes situados en la capital de Oviedo. En la segunda mitad del siglo VIII comienza a perfilarse un concepto de restauración  y un proyecto nuevo de España renovada en la tradición visigótica, tomando como héroe y patrón a Santiago. Entre ellos vinieron monjes que se instalaron en numerosos lugares de la comarca, fundando pequeños monasterios, como el de San Martín de Turieno, que andando el tiempo se convertiría en Santo Toribio de Liébana.
En La Liébana se construyeron durante el siglo VIII al X múltiples cenobios, monasterios, eremitorios familiares y dúplices, porque el monasterio era, durante los años de repoblación, el elemento urbano de defensa, de unión, de rezo y de producción alimenticia principal y la mayor parte de los pueblos surgen entorno a un monasterio.
Cueva Santa. Santo Toribio de Liébana.

Entre las ermitas esparcidas por la montaña llamada La Viorna, en una de cuyas vaguadas se cobija el gran monasterio, las hay de distintos estilos y épocas, y hay una antiquísima de carácter semirrupestre, con dos pisos, que fácilmente puede ser datada en el siglo IX o tal vez incluso antes. Se trata de la llamada «Cueva Santa», donde, según la tradición local, habitaba en los tiempos de penitencia el propio santo Toribio. Desde los primeros tiempos del cristianismo existieron anacoretas, ermitaños, que rehuían toda comunidad humana para alcanzar su propia santificación. Muchas religiones no cristianas

conocieron esa enorme tentación del monacato, al igual que el judaísmo del Antiguo Testamento. El deseo de abandonarlo todo, de entregarse a la meditación ilimitada sobre Dios y aceptar con ello las condiciones de vida que incluso con el más osado ascetismo apenas garantizan la existencia misma.

La vida eremítica y, en consecuencia, la huida del mundo, es una de las raíces del carácter monacal.

La idílica vida eremítica se convirtió en uno de los ideales del Viejo Mundo. La llamada de la santidad de un anacoreta atrajo siempre nutridas colonias de discípulos, que se congregaban en torno a su celda. A menudo ese núcleo fue el origen de un monasterio, dado que fomentaba el deseo de conferir a la vida en comunidad un orden superior. Estos órdenes para la vita communis constituyen la segunda raíz del monacato. De los órdenes de vida nacieron las órdenes religiosas.

Resulta así que los siglos VIII y IX, que en parte coinciden con la vida de Beato de Liébana, constituyen una época de eclosión en el monacato de nuestra comarca. Se citan, además del monasterio de Santo Toribio, entonces llamado de San Martín de Turieno con todas sus ermitas, los de Aguas Cálidas, Santos Adrián y Natalia de Sionda, San Cristóbal de Cesera, San Esteban de Mieses, San Pedro de Viñón, San Pedro y San Pablo de Naroba, San Salvador de Osina, San Salvador de Vileña, Santa María de Baró, Santa María de Cosgaya, toda una pléyade de asentamientos monacales, que suponían en Liébana no sólo un importante movimiento religioso-cultural, sino de hecho una intensa colonización del país en su dimensión agrícola y ganadera, ya que se extendían prácticamente por todos los rincones del valle.
A través de los documentos de los siglos VIII y IX, conservados en el Cartulario de Santo Toribio de Liébana, conocemos el número de monjes de esos monasterios, cuyo promedio se encuentra entre quince y veinte por comunidad. Varios de tales monasterios eran dúplices, es decir, tenían comunidades de ambos sexos. Estaba entonces vigente el llamado pacto monacal, de tradición visigoda, según el cual se establecían previamente los derechos individuales y recíprocos que asistían al monje y al abad, derechos que, en todo momento y por encima de cualquier otra consideración, debían ser respetados por ambas partes. No se cita expresamente la regla monacal, pero se supone que ésta sería la Regula Communis de origen visigodo, extendida entonces por la mayor parte de los monasterios del norte de España.
Todos estos cenobios tenían sus propiedades, algunas de cierta entidad, ya que los monjes cedían sus bienes propios al entrar a formar parte de la comunidad. No obstante, la impresión que dan los documentos de la época sugiere en general la falta de latifundios en la región y la preponderancia de una propiedad más repartida en heredades.
Algunos de los monasterios lebaniegos pueden también encajarse en el tipo conocido como «monasterios familiares», especie de granjas, donde toda una familia se consagraba a la vida religiosa, aceptando la regla. Cada monasterio importante disponía por lo general de varias iglesias y ermitas, que en ciertos casos se originaban precisamente en virtud de la vinculación al mismo de estas pequeñas granjas o monasterios familiares. No faltaba en el ambiente social de la comarca la presencia de algunos señores con siervos a su servicio, a quienes se manumite en los testamentos, y, al parecer también, de hombres libres acogidos a su encomienda.

Huyendo de la invasión árabe, llegaron al monasterio de San Martín de Turieno los restos del obispo Toribio de Astorga, que vivió en el siglo V y viajó en peregrinación a Jerusalén, de donde él había traído muchas reliquias, especialmente el Lignum Crucis.

Imagen de Santo Toribio. 

Lignum Crucis.

Con los restos del santo llegaron también las  reliquias, para defenderlas de los invasores mahometanos.                                             El monasterio de San Martín de Turieno, cambió en el siglo XII el nombre por Santo Toribio con cuyos restos llegaron las reliquias. Destacan, entre todas las reliquias, el trozo de la cruz o Lignum Crucis; algunos cuerpos de los santos inocentes; un pedazo de la columna donde fue azotado Jesús; una espina de la corona que le pusieron coronándole como “rey de los judíos”; dos piedras con las que apedrearon a San Esteban; un pedazo del paño de la Verónica; un hueso de la mano de San Pedro y otro de San Pablo; un trozo de la piel de San Bartolomé, quien fue despellejado en su martirio; una redoma con leche de Santa María; un pedazo del pesebre donde nació Jesús; una cadena con la que le llevaron atado; oro, incienso y mirra que ofertaron  los Reyes Magos.

El monasterio de San Martín, que trocaría su nombre por el de Santo Toribio, su presunto fundador, es un elocuente testimonio de la floración de la vida monástica en Liébana, no sólo por el hecho de que en pocos siglos, juntamente con la vecina abadía de Piasca, aglutinaría en torno a sí a todos los demás monasterios lebaniegos (hasta una veintena de ellos se citan aquí en la Alta Edad Media), sino por el hecho significativo de guardar la veneranda reliquia de la Vera Cruz. Esta, aunque no aparece directamente citada en los documentos hasta la primera mitad del siglo XIV, probablemente provenía de alguna importante iglesia de la zona llana al sur de la cordillera y sería traída a Cantabria, como otras preciadas reliquias (las de san Emeterio y san Celedonio, la de santa Juliana...) ya en el siglo VIII, con motivo de las distintas inmigraciones.
Las reliquias: Hoy, a distancia de muchos siglos, vemos un tanto extraña esta relación abreviada de reliquias y su veneración. Pero las reliquias eran el mayor tesoro para la fe de los cristianos medievales, sobre todo si las reliquias pertenecían a El Salvador o personas que habían estado en contacto con El, como su madre María  o los Apóstoles. La reliquia tenía un poder milagroso y el contacto físico con la reliquia proporcionaba este poder, que curaba el cuerpo y el alma.
Los peregrinos acudían en peregrinación a los lugares que conservaban reliquias esperando un milagro.
Caminar al lugar del enterramiento o donde había reliquias importantes da origen a las peregrinaciones a los santos lugares: Jerusalén, Roma, Santiago y Santo Toribio de Liébana. Los cuatro centros donde se celebra Año Santo o de perdones con la concesión de las indulgencias. El sacrificio personal, la oración y la limosna eran el tributo que había que pagar para recibir los perdones, pasando por la Puerta del Perdón.